domingo, 12 de febrero de 2012

Sentémonos todos a comer un pollo

¡¡Hola de nuevo, mis lectores!! Siento haberme ausentado durante un mes y medio, pero las obligaciones me reclamaban.
He regresado con muchas ganas de escribir y compartir mis pensamientos con vosotros.
Sin más preámbulos aquí os dejo mi último escrito.

Hace más de un mes me encontraba cenando con los oídos centrados en la televisión. Escuchaba las noticias de Antena Tres, cuando casi se me atraviesa un trozo de pollo que seguramente después de frito, cocinado y machacado, se había acongojado al igual que yo del reportaje que estaban televisando.
La premisa era la siguiente: << El obispo de Córdoba, Demetrio Fernández, ha acusado en su carta semanal a "algunas escuelas de secundaria, dentro de los programas escolares" y a los "medios de comunicación" de incitar a la fornicación >> (http://www.hoy.es/rc/20120112/mas-actualidad/sociedad/obispo-cordoba-acusa-escuelas-201201122231.html Consulta: 12 de febrero de 2012).
¿Era o no razón para que el trozo de pollo pusiera fin a esta mi existencia? Anonadada quedé (y el pollo, también).

El prelado comunicó a todos sus fieles y no tan fieles que << Cuando la sexualidad está desorganizada, es como una bomba de mano, que puede explotar en cualquier momento y herir al que la lleva consigo >> (http://www.cadenaser.com/sociedad/articulo/obispo-cordoba-pide-huya-fornicacion/csrcsrpor/20120112csrcsrsoc_3/Tes Consulta: 12 de febrero de 2012). A mi parecer, y seguro que si no me hubiera comido el pollo, él también estaría de acuerdo conmigo (sin ánimos de frivolizar); hay bombas más peligrosas que matan día a día a miles de niños e inocentes; esas sí que ocasionan más dolor que << la bomba de la sexualidad >> y de ello no se habla. Debería el señor prelado, que tan desosegadamente vive por la sexualidad de sus semejantes, ocuparse de cuestiones más serias y dejar que cada individuo goce alegremente como le dicte su alma.

Por otro lado, proyecto un dardo a favor del obispo cordobés. Cierto es que en los medios de comunicación y la publicidad en general nos ametrallan a todas horas con anuncios sexistas (y entiéndase como “término referido al sexo” y no como “término que designa la discriminación de un determinado sexo”). En las últimas décadas del siglo XX se olvidaron de poner el freno al carro que porta la censura y ese es un error en el que nuestra generación patina hoy en día. Ha incrementado la banalidad y ha descendido la inocencia con suma celeridad en los últimos años. No hay más que ver las series, programas, páginas web… que hacen alusión al sexo constantemente.

Lo que no logro entender es lo de la incitación a la fornicación en las escuelas de secundaria: ¿cuándo ha sucedido eso?, ¿dónde estaba yo? Seguramente, comiéndome un pollo.
Está claro que si los centros escolares llevan a cabo un programa para la educación sexual van a ser criticados, y si no toman ninguna iniciativa, pues también. ¡Válgame la razón! En esta vida es imposible acertar hagas lo que hagas. Será mejor que todos nos sentemos a comer un pollo y que nadie mueva ni un solo dedo.

domingo, 1 de enero de 2012

Quisiera ser

Quisiera ser como viento:
libre, volátil, fugaz;
que en todos los rincones entra presto,
sin temores, sin miradas, sin nada, voraz.

Quisiera ser como el pensamiento:
invisible a los ojos de los demás;
penetrar en lo más profundo, en los adentros,
y allí perecer en esencia, sin más.

Quisiera ser como el firmamento:
ancho, sabedor, sin fronteras, sagaz;
brindar fidelidad a mi condicionamiento,
que no es más que pensar, soñar y amar.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Uno de mis frecuentes viajes hacia el interior


Ayer, estando sumida en el silencio de mi casa sin más compañía que un libro de Galdós que tenía ante mis ojos la tarde iba menguando y los rayos solares languidecían ante la noche que se avecinaba sobre el restante día. Entonces, permanecí en trancé un buen rato. Tenía la vista cansada y decidí dejar de leer.
La penumbra de mi habitación y la imagen de una tarde que se desdibujaba a través de la ventana me hicieron adentrarme en lo más profundo de mí. Así que, como dije antes, abandoné mi lectura para otro momento y me puse a reflexionar. De vez en cuando es sano estar a solas con uno mismo y ponerse a pensar, aunque sea un poco.


El mundo está cambiando a una velocidad inimaginable. Algo tan simple como que hoy estén de moda los pantalones pitillos y mañana se lleven los acampanados da pavor. Puede sonar gracioso, puede sonar exagerado, pero es la verdad. El ser humano no está preparado para asimilar cambios tan bruscos y nos empeñamos en hacer las cosas a la ligera, y lo peor de todo es que lo hacemos mal; rápido y mal.
Cada paso que damos en la vida hay que saber degustarlo, tanto para bien como para mal, pero hay que disfrutar cada pisada y cada zapatazo que se da, pues al final es eso lo que nos quedará: el recuerdo de lo que alguna vez hicimos.


He de dar las gracias por haber nacido a finales del siglo XX, en España, en Andalucía, en una ciudad como Jerez, en el seno de una buena familia. Gozo de que todas mis necesidades básicas y secundarias están cubiertas. No obstante…, algo falla en todo esto. Hay algo que hace replantearme si el siglo XXI es de verdad el progreso o el retorno del retroceso, es decir, la vuelta a lo mundano, a echar el cerrojo a nuestras mentes.


Cuando salgo afuera y observo lo que me rodea, la mayor parte de lo que oigo y veo es meramente superfluo. Nos encontramos en el epicentro de un mundo minimalista. Nadie (o me consta que poca gente) ve más allá de tres palmos de sus narices.
El mundo gira, el tiempo pasa, nuestras horas están contadas y no nos damos cuenta de que nuestros pies se mueven en una realidad prácticamente mecanizada. Explico esto último: suena el despertador, nos levantamos. Tomamos un baño y desayunamos. Nos vestimos para ir al trabajo o a estudiar. Comemos. Nuevamente, volvemos a ponernos manos a la obra en nuestro trabajo. Llega la noche y estamos cansados. Cenamos. Encendemos la tele hasta que nos entra sueño. Vamos a la cama. Así un día tras otro. ¡Pero esto no queda en días! Sino que los días se vuelven semanas, y las semanas se hacen meses, y por consiguiente los meses se convierten en años.
Nuestras vidas funcionan como la maquinaria de un reloj: a tal hora debemos tener hecho esto o tenemos que hacer esto otro.
Luego nos sorprendemos de lo rápido que pasan los años y lo que no sabemos es que el tiempo pasa más aprisa cuanto más vacío está.


Si a esta mecanización le sumamos la superficialidad en que patina esta nuestra sociedad, entonces ya sí que el mundo adopta un color grisáceo.
¿Dónde hemos dejado la profundidad, la esencia de las Cosas?
No hace mucho, antes de las elecciones, escuché señoras que votaban a los candidatos para la presidencia según el grado de hermosura de los susodichos.
¿Cuántas veces hemos sido testigos de gente que admira a famosos por su exterior, por la funda que les envuelve en vez de por su valía personal? ¿Cuántas?
He aplicado el ejemplo de personajes famosos, pero la situación se agrava cuando somos incapaces de reparar en lo más cercano a nosotros.
Hemos aparcado a un lado el fondo de las Cosas. Nuestra sociedad ya no se preocupa por escarbar y alcanzar ver en el interior de los Elementos.
Hemos olvidado analizar con el ojo crítico que se ubica en nuestra mente o alma.


No sé si llevo razón, me estoy volviendo muy sensible con los años o es que dedico demasiado tiempo a pensar, pero la cuestión es que quería plasmar y compartir lo que pienso con vosotros.


Hemos progresado muchísimo tecnológica y científicamente, cosa de la que me siento inmensamente orgullosa. Pero… ¿y el desarrollo personal?
El mundo violento y egoísta en el que nos desenvolvemos ha fabricado una sociedad insensible.
Me pregunto a cuánta gente le hará feliz algo tan simple como ver a unos niños jugando a la pelota; me encantaría conocer que siente la gente cuando a través de un cristal ve un paisaje lluvioso y nublado; me gustaría saber qué sensación tienen las personas cuando ve una bandada de gaviotas sobrevolando sus cabezas. Cosas tan insignificantes y a la vez tan colosalmente maravillosas como estas me hacen feliz.


¿Alguien se ha parado a pensar alguna vez en un huevo? Es algo tan simple como magnífico. Un gran invento sin técnicos, sin científicos, sin nada. El huevo es una maravilla. A esto me refiero cuando la sociedad no es capaz de resolver la metafísica de las Cosas. Es un ejemplo de la superfluidad en la que nos sustentamos. Nos quedamos estancados en la imagen, en el objeto en sí, pero no acostumbramos a profundizar.


Esto último es un ejemplo de José Luis Sampedro del cual me he servido para ilustrar todo lo que he dicho anteriormente.
Si os interesa aquí dejo el link de la entrevista a este escritor. Es muy interesante. Tuve que hacer un trabajo de esta entrevista los primeros días de curso, y de verdad merece la pena leerla:

martes, 1 de noviembre de 2011

Mi noche de Halloween

¿Cómo podemos conocer la frontera que está entre la razón y la demencia?
Con el paso del tiempo los recuerdos se deterioran, perecen, o cuanto menos, agonizan.
No sabría decir cuantos años hace ya de los crímenes que se me acusan y que nunca cometí.
A veces, es mejor afrontar la realidad tal y como se nos viene encima. Hay cosas que no tienen explicación, aunque muchos intenten encontrarla.
¿Qué puedes hacer cuando todo apunta a ti y eres inocente? O al menos, eso recuerdas.
Esta fue la historia que repetí cientos de veces, pero naturalmente nadie creyó en ella, nadie cree en las historias de Halloween:


Ajenos al mundo, entre jadeos y gemidos descontrolados, perdimos la noción del tiempo. Allí nos encontrábamos. Haciendo el amor como si no hubiera mañana. Entregados el uno al otro en una pasional burbuja de infinito y desmesurado deseo sexual.
El sudor recorría en forma de lágrimas el canal que daban paso mis pechos palpitantes y se perdía en mis caderas, como ríos rebosantes de vida.
Lentamente, me deslizaba por su cuerpo empapado provocando una tremenda excitación, haciendo que sus músculos se endurecieran al paseo de mis labios recorriendo su vientre, llegando a lamer ciertas partes que hizo estremecerse de placer…

Poco a poco y llegando al punto álgido del momento, fuimos despertando de aquella fusión carnal en la cual nos encontrábamos absortos. Nos abandonamos exhaustos al calor de nuestros cuerpos hasta recobrar las fuerzas para levantarnos. Antes de que él lo hiciera, me incorporé súbitamente sorprendiéndolo con un mordisco en la oreja para luego comerle el cuello a besos.

Los gritos de Sarah hacían eco en nuestros oídos traspasando los cristales de las ventanas, vibrantes como zumbido de abeja ante un tono tan extremadamente agudo como el de ella.
-         ¡Robert!, ¡Marina! –chilló- ¡Salid ya u os quedaréis sin jugar! ¡Vosotros veréis!
Rápidamente nos vestimos y salimos de la caravana, antes de que Sarah hiciera estallar los cristales en mil pedazos.

Fuera de la caravana nos aguardaba una inmensa y amarillenta luna llena con nubes nocturnas danzando al son de la noche. Allí estábamos, albergados en lo más profundos del bosque, sin más protección que nosotros mismos y sin más refugio que la caravana de Mike.  

Fue una locura, siempre lo diré. Una vez nos adentramos en el bosque, la negra espesura de la noche nos envolvió en sus gélidas alas, perdiéndonos en la soledad de aquel santuario de vegetación.

Algo captó mi atención. Un búho nos observaba con sus ojos amarillos desde la rama de un sauce. Empezó a ulular rompiendo el silencio tenebroso. Al cabo de unos segundos cesó. Alcé la mirada al cielo, para contemplar como las nubes pasaban más deprisa de lo normal. Me estremecí ante tan siniestra situación.
Un atisbo de cordura me hizo reflexionar sobre si hubiese sido mejor quedarnos en alguna casa viendo películas de terror, pero ya era demasiado tarde para echarse atrás. Comenzaba la noche de Halloween.

-         Marina, no te quedes ahí. Ven a jugar – me invitó Sarah.
-         ¿A qué?
-         Robert ha traído un juego nuevo.
-         Sorpréndeme, mi amor –dije con sarcasmo acercándome al corro que habían formado, sin ser consciente de la tragedia que se cernía sobre nosotros.
-         Lo encontré en el desván. Es un juego que tiene siglos. Ha pasado de generación en generación. Lo tuvieron mis tatarabuelos, seguidamente mis bisabuelos, luego mis abuelos, y finalmente mis padres. Es parecido a la Ouija, simplemente es más acojonante.
-         ¿Y en qué consiste? –preguntó Mike expectante. Le atraía mucho toda cosa que tuviese historia. Su padre era anticuario, y como tal le inculcó ese placer y curiosidad por los objetos olvidados.
-         Se llama daemonium revertit. Ponemos el tablero en medio, de forma que nosotros hemos de colocarnos a su alrededor. Solo pueden jugar cuatro personas, es decir, los que estamos aquí: Marina, Mike, Sarah y yo. Cada uno se sentará en una esquina del tablero y hablará con su respectivo demonio. Podrá hacerle un máximo de tres preguntas y luego rotaremos, ¿de acuerdo?
-         ¡Oh, vamos! Esto es ridículo…-rei.
-         Eres una cagada, ¿lo sabías? –espetó.
Robert me conocía muy bien. No hacían falta demasiadas palabras para incitarme a hacer algo contra mi voluntad para demostrar mi valentía. Así que decidí jugar.
-         ¿Cagada dices? A ver quién es la gallina que se retira primero- solté.

Robert comenzó a hacer la primera pregunta, luego Sarah, después Mike y… finalmente mi turno. No llegué a articular palabra cuando el tablero comenzó a moverse.
Asustados, todos dimos un salto hacia atrás, abrazos como niños en noche de tormenta.

Se desató un fuerte viento llevándose consigo a Sarah, lanzándola con violencia contra un tronco de árbol calcinado.
Presos del pánico tardamos varios segundos en reaccionar ante el aullido de socorro de Sarah.
La así por los brazos para ayudarla a levantarse, cuando apareció de entre las sombras una figura corpulenta que inspiraba terror. La tenue luz de la luna incidió en su rostro dejando ver un semblante desfigurado, con jiras de carne desprendidas de su faz maléfica. Agarré a Sarah con todas mis fuerzas, pero cuanto más me oponía a mi adversario sus ojos rojos y ensangrentados se dilataban clavando su mirada en los míos.

Di varios pasos atrás, colocándome junto a Mike y a Robert. Aquel despojo viviente dio un paso adelante, nos brindó una risa demoníaca y luego prendió en llamas con Sarah.
Pudimos observar con el corazón paralizado como Sarah se deshacía entre alaridos. Su rostro y su cuerpo se fundían como lava, desprendiendo un hedor a carne quemada.

Robert, Mike y yo nos encogimos abrazados, temblando. Es curioso como el pánico es capaz de tragar todo un mar de lágrimas y acallar un valle de sufrimientos enquistados en el alma.

Una vez pasó todo volvió la calma, pero no por mucho tiempo. Después de tan largo rato sumidos en el regazo de un silencio espectral, el primero que reunió valor y coraje para emitir palabra fue Robert.
-         Chicos, voy a recoger las cosas. Las meteré en la caravana y mañana temprano abandonaremos este lugar. Cerraremos bien todas las ventanas y la puerta.
Mike y yo solo conseguimos asentir.

Robert desapareció en la oscuridad. Mike y yo nos mantuvimos sumidos en el silencio.
No pasaron ni dos minutos cuando escuchamos ruidos extraños. Aquel vociferar parecía salido de las entrañas de una bestia.
Nos acercamos donde estaba la caravana para reunirnos con Robert. El horror iba en aumento: Robert yacía encima del tablero. Sus extremidades estaban completamente descuartizadas y sus órganos colgaban por todas partes, quedando su vientre mutilado.
El riachuelo de sangre nos alcanzó los pies.

Mike y yo. ¿Quién sería el siguiente? Ambos nos cogimos de la mano. Apretamos la mandíbula y corrimos cuanto pudimos hasta llegar a la caravana. Entramos, cerramos las ventanas y pusimos una barra de metal en la puerta.

Nos tumbamos en el colchón que habíamos dispuesto en el suelo Robert y yo antes de que la fatalidad se hubiese desatado.
Cogimos una manta y nos tapamos, sin soltarnos de la mano. Un tiempo después conseguimos tranquilizarnos. Cerré los ojos.

Desperté. Me había quedado dormida. ¿Cómo pude haberlo hecho? Tal vez con la esperanza de que al despertar todo fuese una pesadilla.
Sentí húmeda la manta y el colchón. Estaban condenadamente húmedos y fríos. Demasiado…
Me incorporé súbitamente. El suelo, el colchón, la manta,… todo, absolutamente todo era un mar de sangre y cristales.
Una de las ventanas estaba rota, y la cabeza de Mike descansaba sin cuerpo a mi lado, con los ojos en blanco y una mueca de dolor dibujada en sus labios morados.
Las náuseas se apoderaron de mí. Me encerré en el baño durante un par de horas. Sin duda, aquella fue la noche más larga de mi cruda existencia.

Me armé de valor. ¿Qué hacía yo encerraba en el baño de la caravana mientras mis amigos estaban muertos?
Salí afuera. Desde allí podía ver no muy lejos el cuerpo de Robert comido ya por los insectos.
Me aposté en la puerta, ahora sí, llorando. Ya no me importaba nada. Había perdido a mis amigos y al amor de mi vida. Solo quedaba yo, así que esperé horas y horas para enfrentarme a un extraño que nunca llegó.

Por fin amaneció. No podía creer que pudiera ver nuevamente el sol, aquel fenómeno que parecía no había visto en una eternidad.

Arranqué la caravana para volver a la cuidad. Me esperaba lo peor: dar explicaciones de lo sucedido. ¿Cómo justificaría la mugre en la que estaba envuelta, las muertes de mis amigos, mi ropa raída,…?

Dos semanas después…

El inspector Jakobson me mostró la segunda columna de la primera portada del periódico del día:

Tras dos semanas de incertidumbre, el juez Abbot ha dictaminado sentenciar a la acusada Marina Holder a cadena perpetua tras estudiar los crímenes acontecidos en el bosque cerca de Norland.

-         ¿Y mis padres?-pregunté después de estar varios minutos en silencio.
-         En casa- respondió.
-         ¿No piensan venir a verme?
-         No por el momento. Están muy afectados, Marina.
Las lágrimas comenzaron a emanar por mis ojos anegados de rabia ante tal impotencia.
El inspector me miró comprensivamente y por última vez después de dos semanas preguntó:
-         ¿Por qué no cuentas la verdad?
-         No estoy segura de que la haya.
-         Sabes lo que te espera ahí dentro.
-         Ya me había hecho a la idea. ¿Para qué esperar más?

viernes, 28 de octubre de 2011

Ubi sunt

Cavilando en la Soledad
de la noche fría y pasada,
recuerdos tintineaban en
mi mente y en mi corazón.

Eran recuerdos de seres,
de seres que ya no volverán;
sus rostros se iban y venían,
como las olas del ancho mar.

Lágrimas caían por mis ojos,
ojos anegados de pesar,
pesar sin sentido absoluto,
pues ellos no volverán.

Dónde estarán aquellas almas,
almas que la muerte arrebató,
las arrebató efímeramente,
durmiéndolas en mi corazón.

Aciago día

Una oscura mañana de invierno despiertas. Son las 7 y tienes que levantarte. ¿Por qué? Piensas. ¿Qué pasaría si un día, tan sólo un día, me hiciera desaparecer entre el calor de las sábanas? Cierras los ojos esperando respuesta. No la hay. Entonces lloras, cierras los ojos y te acurrucas en la tibieza de la cama. Es tu único consuelo. Vuelves a abrir los ojos con la esperanza de sentirte algo mejor. Pero no. Lo ves todo más gris. La tristeza te acaricia los parpados y los vuelves a cerrar. Deseas que el día pase rápido, muy rápido. De nuevo, intentas abrir los ojos. Lo haces, pero ahora, ¿ahora qué?
Aquí es cuando te preguntas ¿qué es ese dolor que me oprime el pecho? ¿Por qué se desvanecieron mis fuerzas? ¿Por qué quiero estar solo? ¿Por qué no siento nada?
Y lo más desconcertante ¿Por qué estoy llorando?
Hurgas en tu mente, en ti e intentas averiguar qué está pasando ahí dentro. Mientras tanto, pasan un par de horas y aún no te levantas. Ante la ausencia de respuestas aprietas los puños y haces un esfuerzo descomunal por levantarte. Lo consigues. Pero aún continúas dormido envuelto en las alas del sueño. Pero no ese tipo de sueños que todos sentimos al caer la noche. No. De ese sueño no se despierta. Siempre te encuentras sumido en él. Es entonces cuando inspiras aire y suspiras lastimeramente.
Entonces comienza el día…

Llega la noche. Te refugias en el seno del calor de las mantas. Esperabas con ansias este momento. Te embriaga el cansancio y te sumerges en un mundo que lentamente se nubla. Cierras los ojos por un instante. Los abres. Descubres que ya es de día. Adivina.
Ves el día más negro que el anterior. Son las 7 y tienes que levantarte. ¿Por qué? Piensas.

jueves, 27 de octubre de 2011

LA VENGANZA

¿Realmente qué argumentos son válidos para juzgar a alguien como loco? Puedo afirmar que durante mi estancia en el Hospital de Santa Ana he conocido a personas con un intelecto extraordinario en cuanto a encubrir un delito de la manera más exquisita y loable que sólo una minoría, como yo, podemos comprender y admirar con suma fascinación.
Mi llegada al manicomio, término que muchos prefieren eludir, se remonta hace unos tres años. Todo comenzó cuando ejercía como párroco en la Iglesia de San Lorenzo allá en 1870.

Estaba enamorado, condenadamente enamorado, de una mujer que me destrozó el corazón de la forma más mezquina y miserable que se puede destruir el corazón humano. Hay ocasiones en las que el hombre se encuentra desesperadamente maniatado en la oscuridad del vacío. Entonces, uno comienza a preguntarse si de verdad vale la pena vivir y si sería mejor poner fin a la propia existencia, pero desgraciadamente caes en la cuenta de que ni siquiera nuestra vida podemos considerarla absolutamente nuestra. Y ¿qué haces cuándo tienes el corazón quebrantado de dolor y la esperanza te acaricia en un último adiós? Te ves obligado a buscar un refugio, el que sea, con tal de no perder el juicio. Bien, yo encontré mi refugio en la parroquia. No porque fuera un descarriado cordero de Dios el cual quería que Éste mitigara mi dolor con su bendita Salvación y me guiara por el camino del Bien, no. Me hice párroco para huir del mayor enemigo del hombre, el Amor o la Destrucción, según como quiera verse. Creí que así podía librarme de tan despiadado verdugo, pero cometí un grave error.

Aprendí durante los veinte años que ejercí como sacerdote que las personas necesitan creer para ser felices, dándoles igual si lo que creen es verdad o falso, el pilar de sus vidas era creer. Tal vez por ello nunca fui feliz.

Mi vida como párroco fue asquerosamente aburrida. Es cierto lo que dicen que maestro, médico y cura son oficios vocacionales. ¡Qué hastío! He de reconocer que de vez en cuando hacía alguna que otra visita a casas de señoritas de indecorosa compañía; antes humano que cura.

Algo que me encantaba era tocar un réquiem cada noche sentado en el órgano de la Iglesia. Me inspiraba aquel siniestro sonido que emergía de aquel instrumento. Los cuervos, que entraban por algunas de las vidrieras rotas, se apostaban en el altar, en el órgano, y también sobre mis hombros. La lúgubre resonancia que nacía del instrumento parecía fusionar nuestras almas, tan melancólicas como el ambiente que flotaba a nuestro alrededor. A la hora de dormir me gustaba dejar la ventana del dormitorio abierta para sentir la débil y tétrica brisa de la noche, mientras los cuervos velaban mis sueños.

Una mañana fría y gris en la que me encontraba yo sumido en los pensamientos que me inspiraba el día, apareció una mujer de entre la lluvia y entró en la Iglesia. Su belleza me embriagó desde el primer momento. Su cabello era color caoba, su tez pálida como el invierno y su vestido moldeaba un cuerpo de exuberantes curvas femeninas.
Sus labios rojos, intensos como la sangre, me pidieron que la confesara. Durante la confesión sólo estuve atento a sus ojos verdes, tan verdes como la esperanza que un día perdí. Se presentó aquel día como un ángel y me atravesó el corazón con sus atributos de mujer.
No podía creer que mi corazón recuperara la fuerza que algún día sintió y me abandonó, pero que ahora había regresado.

Venía una vez por semana a que la confesara. Mi amor se hizo tan fuerte que decidí que tal vez debería declararle lo que sentía, aunque me atemorizaba la idea de asustarla y perderla de vista para siempre.
Aún así, me armé de valor para decírselo, pero ocurrió lo peor. Mis planes se vieron frustrados cuando vino a solicitarme una fecha para su casamiento.

Aquella noche recuerdo que lloré mares de desconsuelo. Un brillo de ira resplandecía en mis ojos anegados de rabia. Una vez creía cicatrizada la profunda herida de mi corazón, el Amor me la volvió a jugar suciamente. Esta vez juré vengarme. No habría una tercera, no pensaba permitirlo.

Llegó el día de la boda, el día de mi venganza. Rose, la mujer de la cual me había enamorado perdidamente, era inocente, no tenía culpa de las puñaladas que me estaba propinando el Amor, pero sería ella quien lo pagara con todo el dolor de mi alma. El Amor había adoptado la forma de la mujer más sensual y bella que había visto nunca.

-Queridos hermanos, estamos aquí reunidos para unir en santo matrimonio a Rose y a Charles.-comencé la ceremonia. Luego leí un pasaje del Evangelio y mi venganza llegó cuando bebieron del cáliz.
Una lágrima asomó por mis ojos al pensar que al instante mi amada caería muerta.
Uno seguido del otro bebieron del cáliz envenenado. Ambos se besaron y se desplomaron en el suelo.
Rose yacía sobre el pecho de su esposo con los ojos abiertos, rezumando terror. Aproveché la consternación de los invitados, los cuales quedaron petrificados como lápidas, para huir de allí.

Pocos días más tarde, recibí una denuncia y fui arrestado. Al parecer no sólo por mi crimen, sino porque también se había corrido la voz de que el párroco del pueblo tenía costumbres licenciosas.

Me condenaron a la silla eléctrica, que casualmente se había inaugurado ese mismo año de 1890. Hubiese sido uno de los primeros en probar aquel invento sino hubiera sido por algunas almas misericordiosas que creyeron que por ser párroco me habría vuelto loco y que al ser un enviado de Dios no podían condenarme a muerte.
Las autoridades, tras meditar acerca del tema, decidieron concederme el indulto con la condición de que fuera encerrado perpetuamente en un manicomio. Así fue como llegué hasta aquí.

En tres años que llevo en este lugar de mala muerte puedo asegurar que más de la mitad de los perturbados ingresados en el hospital están más cuerdos que los propios médicos. Cómo es posible que se acuse a alguien de loco, cuando la vida misma parece una historia sacada de la mente de un chiflado, y además una historia mal contada, repleta de absurdas paradojas.
Al igual que cuando ejercí como párroco aprendí que las personas son más débiles de lo que aparentar ser y que para sobrevivir necesitan creer; ahora, durante mi estancia en el manicomio, he aprendido que la vida es un chiste, nefasto por cierto, pero no deja de ser un chiste, y como tal hay que reírse.

Algún día escaparemos de este antro infernal, mientras tanto nos mofaremos de quieres por locos nos toman, y brindaremos risas y chistes a salud de los sensatos.